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sábado, 6 de agosto de 2011

★ El Libro Recomendado... ★ Por Oz ★

-20 grandes conspiraciones de la historia-

( Santiago Camacho )

Frente a la historia oficial y consensuada que nos han enseñado apenas podemos pensar que existan otras posibilidades… pero existen, aunque en muchas ocasiones permanezcan ocultas.

¿Pisó realmente Neil Armstrong la Luna?

El hecho de que Hitler, Rudolph Hess o Himmler fueran ocultistas practicantes ¿influyó en el desarrollo de la Guerra Mundial?

¿El asesinato de John Fitzgerald Kennedy fue casualidad o conspiración?

El síndrome tóxico que llenó de espanto a los consumidores españoles ¿lo causó realmente el aceite de colza?

Éstas son algunas de las preguntas que sugiere la lectura de “20 grandes conspiraciones de la historia”. No se trata de afirmar que las teorías aquí expuestas sean más verdaderas que las que conocemos, pero sí se sostienen elementos de juicio, razonamientos y puntos de vista inéditos o rescatados de páginas suprimidas de la historia que nos harán replantearnos algunos acontecimientos trascendentales...

Fuente: Lecturalia

domingo, 17 de julio de 2011

¿Qué es un fantasma?.post ASG


Por: Guillermo Altares17/01/2011

695734_f520 "¿Qué es un fantasma?", se pregunta el narrador en el arranque de la película de Guillermo del Toro El espinazo del diablo. "Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez, un instante de dolor, quizás algo muerto que por momentos parece vivo, un sentimiento suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa, como un insecto atrapado en el ámbar". Es una definición muy bella aunque resulta un poco melodramática. El cine y la literatura han producido fantasmas mucho más simpáticos, como el capitán Gregg en El fantasma y la señora Muir (se enamora de Gene Tierney, ¿quién no?) o El fantasma de Canterville de Oscar Wilde, con su mancha que nunca se borra. En realidad, los fantasmas son muy humanos, porque simbolizan la vida: siguen aquí porque han dejado algo sin terminar, como todos nosotros. Y luego están los fantasmas reales (porque para los que creen en ellos lo son), aquellos con los que compartimos mansiones y cruces de caminos, historias que el narrador e historiador británico Peter Ackroyd ha recopilado en un ensayo que salió a finales del año pasado en el Reino Unido: The English ghost. Spectres through time (El Fantasma inglés. Espectros a través del tiempo).

Biógrafo de Dickens, Poe, Thomas Moro y Shakespeare, autor de un gran libro sobre Londres, erudito, novelista, ampliamente editado en España por Edhasa, Ackroyd ha decidido meterse en el complejo mundo de los fantasmas. Sin declararse ni creyente ni escéptico, primero hace un relato cultural de la presencia de fantasmas a lo largo de la historia británica (si hay un país en el mundo con tradición de espectros y apariciones es el Reino Unido) y luego se dedica a recopilar relatos, historias que para aquellos que las protagonizaron fueron totalmente reales. Divide su recopilación en fantasmas que habitan casas, espectros errantes, espíritus de miembros del clero (esos dan mucho miedo), fantasmas de animales, cosas que se mueven, las despedidas y las relaciones entre los vivos y los muertos. Con una miscelanea entre cartas, relatos y extractos de diarios, siempre bastante breves, Ackroyd construye un panorama muy completo de los contactos entre lo terrenal y lo sobrenatural.

Algunos relatos se remontan al siglo VI, incluso algunos hablan de seres que llevan dando vueltas por aquí desde hace miles de años, otros ocurren ahora, como la mujer que se encuentra con un fantasma en su compartimento del tren o la clásica leyenda del aparecido que surge en una carretera. Estos relatos contemporáneos son los más inquietantes: a las mansiones victorianas llenas de ruidos, furia y figuras transparentes estamos más o menos acostumbrados. Pero, acomodarnos en un vagón y encontrarnos con el que el pasajero de enfrente no es de este mundo es una experiencia bastante más terrorífica. Aunque son dos películas magníficas, creo que El sexto sentido es más eficaz que Los otros porque el filme de Alejandro Amenabar respeta los códigos de una narración gótica mientras que la película de M. Night Shyamalan rompe con ellos al llevarlos al presente.

Los fantasmas son seres de la frontera, que se mueven entre dos mundos. En algunos casos vienen para aterrorizarnos, aunque casi siempre tienen sus motivos (¿A quién se le ocurre construir una urbanizacion sobre un cementerio indio como ocurre en Poltergeist?), en otros vienen para ayudarnos a enmendar nuestros errores (como los tres fantasmas del Cuento de Navidad de Charles Dickens, los mas famosos de la la literatura con perdón del padre Hamlet), en otros son seres en el fondo bondadosos (el que Oscar Wilde) y casi todos, como el resto de los seres que andan por aquí abajo, lo que quieren es descansar, tomarse una largas vacaciones en su propia muerte. Y son muchos los creadores que han caído en la tentación de preguntarse por lo que ocurre entre los dos mundos, hasta el mismo Clint Eastwood en su ultimo filme, Más allá de la vida (si alguna vez William Munny, el protagonista de Sin Perdón, lo ve en un minicine del Viejo Oeste, le dará un ataque).

Pero los fantasmas más cautivadores son sin duda los románticos y no me estoy refiriendo a ese insoportable engendro almibarado llamado Ghost. Pocas historias tienen tanto encanto como El fantasma y la señora Muir sobre la que Javier Marías (el mayor defensor de este clásico de Joseph L. Mankiewicz) ha escrito que es insolita porque deseamos que la protagonista muera precisamente porque nos cae muy bien. Es una película sobre "la abolición del tiempo, la visión del futuro como pasado y del pasado como futuro, la reconciliación con los muertos y el deseo sereno de ser por fin uno de ellos", escribe Marías. Son seres que luchan por la vida desde la muerte, que se saltan las barreras entre lo posible y lo imposible. Como el tipo que en la canción de George Brassens se enamora de una fantasma de muy buen ver. "Pero tengo 2000 años más que usted", le dice ella. Y el replica: "Señora, el tiempo no nos importa". ¿Qué es un fantasma? Alguien a quien no le importa el tiempo, ni la muerte, solo la lucha por permanecer.

(Fotografía: la imagen más famosa de un fantasma, The Brown Lady, tomada en una mansión inglesa en 1936)

fuente : EL PAIS.COM

viernes, 27 de mayo de 2011

Técnicas físicas de resistencia no violenta • 02 post ASG

Aunque como es natural no se trata de sentar aquí cátedra sobre nada, conviene tener en cuenta algunos sencillos consejos para la acción que todas las personas participantes han de tener muy en cuenta:

• Si no posees ninguna experiencia sobre el tema te recomendamos que asistas a algún taller de formación en no violencia. El propósito de esta formación será estar consciente del beneficio del uso de la no violencia en las acciones de resistencia civil. En estos foros es posible encontrar y crear solidaridad mutua. A menudo se usa como preparación para la acción, enseñando también a estudiar y prevenir la respuesta de sus protagonistas (activistas, policía) y en general sirven al aprendizaje de la acción, su técnica y sus consecuencias.

• Nuestra actitud nos ayudará si es lo más relajada posible en todo momento o confrontando el buen humor y la fiesta a la provocación. Aquél que está en proceso de cometer un acto de violencia o de represión se encuentra muy a la expectativa de cómo se va a comportar el contrario. Si manejas y controlas la acción comportándote de manera diferente, no amenazadora, puedes evitar acontecimientos que fácilmente habrían culminado en violencia. Por ejemplo: Los insultos, silbidos, gritos y otros gestos hostiles y amenazantes de nuestra parte pueden hacer que aumenten la tensión policial y sobrecargarles de violencia que difícilmente nos ayudarán. En cambio un clima tranquilizador o la animación musical pueden resultar buenos aliados nuestros. Crea un escenario nuevo para tu adversario.

• Ten cuidado con aquellas personas que desconozcas, organízate para mayor seguridad en un grupo de afinidad y desconfía de personajes que se muestren especialmente activos y te animen a la violencia. Una estrategia policial muy común es infiltrarse entre manifestantes para desencadenar incidentes iniciándolos ellos mismos, o quebrar la unidad colectiva y de acción en los momentos de mayor tensión desbaratando la táctica no violenta.

• Ten en cuenta cómo vestir en función del tipo de acción. La ropa cómoda, resistente y neutra (para no poner en peligro el posible efecto sorpresa de la acción. Evita portar agendas, papeles, direcciones, textos o artículos comprometedores.

• En el caso de actos de masas no pierdas de vista a tus compañerxs (por ejemplo puedes formar algo así como una cadena visual, en la que cada persona “cuida” a otra) y organizar conteos de seguridad después de la acción para saber si falta alguien.

• Mantén el contacto visual directo tanto como te sea posible (advertirás mejor los riesgos, demostrarás firmeza).

• Aprende el lenguaje “no expresivo” de la policía uniformada para prevenir su intervención o medir el ambiente y su tensión (como van formados, van con los cascos puestos o no, bocachas preparadas, mallas en los parabrisas de sus vehículos, se detecta antes de que entren en acción, porque se preparan y se colocan en los sitios de acceso y desalojo). Te darán pistas sobre cómo está el tema para prevenir problemas o actuar en consecuencia.

• No hagas movimientos bruscos, muévete despacio, ten conciencia que la histeria colectiva que puede desencadenar un arranque precipitado de miedo y especialmente una carrera innecesaria e inoportuna. Si es necesario y no elimina tu capacidad de acción explica a tu adversario lo que vayas a hacer para relajar la situación (por ejemplo: que la acción que estas realizando es una acción pacífica, que durará tantos minutos, que no tengan nada que temer, etc).

• Ante el desconcierto y el caos producido por una posible embestida policial, la regla de oro es: NO CORRER. Las carreras generan el pánico colectivo y además promueven la intervención policial contra nosotr@s, incluso con mayor dureza. Especialmente son inútiles las carreras por calles en la dirección que siguen los vehículos porque las unidades antidisturbios te alcanzaran por detrás. Y sobre todo no tirar obstáculos tras de ti, ya que seguro vendrán tus compañeros. Además al moverte serás fácilmente identificable por aquellos policías que se encuentran apostados en las inmediaciones.

• La policía puede llegar a utilizar caballos y perros en la represión, estos últimos suelen llevar bozal y son utilizados como autodefensa, no son lanzados a la multitud. Si esto sucede y a alguien le muerden debemos atender las heridas, prestando especial atención a su limpieza y desinfección. Recuerda también que el miedo ante ellos es su mejor incentivo para atacarnos. En cuanto a los caballos, hay dos cosas que podemos hacer, no ponernos detrás de las patas traseras y sentarnos en grupo muy junt@s, por delante de ellos, los caballos al no ver el suelo no avanzaran (pero cuidado con su punto ciego de visión). Si los caballos llevan los ojos tapados esta táctica no sirve pero pueden cantarles (no gritarles que los espantaría peligrosamente) para que cambien su rumbo al advertir obstáculos. Si utilizan cañones de agua, hagan una barrera humana para no salir despedid@s.

• Si la policía amenaza con preparar la embestida y disolver, es el momento de aplicar la estrategia prevista de antemano para el caso (como hacer una sentada, por ejemplo) y guardar silencio o cantar para relajarnos y relajarlos. Probablemente sea irremediable la embestida policial y por consecuencia la detención. Resiste tan firmemente como puedas, con dignidad, pero no juegues al héroe ni al mártir. Se trata de expresar públicamente una determinación política y demostrar quiénes son los violentos, no de “morir en el intento”. No olvides la parte de “teatralización” de la acción y limita el dramatismo interior, dentro de lo posible, tómatelo como un “juego” en el que cada cual representa el papel previsto por la circunstancia (tú de resistente no violent@, la policía de brutal y represiva).

• Si eres detenidx por la policía no te dejes llevar por sus provocaciones verbales y su violencia. Cualquier respuesta en el mismo sentido les excitará aún más, servirá de excusa para reprimirte de peor manera y podrán acabar como prueba en un proceso judicial. No te abandones a polémicas ciegas con los policías pero al mismo tiempo no des la impresión de que estás de acuerdo con afirmaciones o actitudes burlonas e inmorales. Si optas por hablar mantén la conversación y mantenla en calma o no servirá de nada.

• En la medida que puedas o juzgues oportuno ocúpate también de hacerle saber lo mismo a tus compañerxs que sean objeto de las provocaciones policiales. Tranquilízalxs sin aumentar su enfado. No discutas, no interrumpas y escucha lo que dicen. Desarrolla una sensación de aceptación de su enfado para ayudar a concentrar esa energía emocional en una acción constructiva y eficaz, emplea el diálogo para bajar la tensión y poder hacerle razonar, además ganarás tiempo para que la policía también disminuya la suya.

• En el caso de que se produzca tu detención y quienes te acompañen en ese momento no te conozcan hazles saber por cualquier medio tu nombre (advierte de tu detención a cualquier testigo de la misma y grítale tu nombre mientras te llevan si hace falta).

• Ante la saña policial adopta una posición que proteja tu propio cuerpo y sus partes más vulnerables, como la posición fetal. Si padeces algún tipo de enfermedad que pueda agravarse por la violencia policial hazlo saber durante la agresión, insiste en ello.

• Si optas por no cooperar físicamente con la policía que te detengan puedes emplear alguna de las técnicas propias de la resistencia activa no violenta para retrasar la evacuación, incrementar tu seguridad personal y conseguir espectacularidad que destaque la violencia policial en contraste con tu actitud no violenta. Recuerda que puedes hacer “el muerto” dejando caer todo tu peso sin dar golpes ni dejar caer la cabeza colgando (sobre todo hacia atrás).

• Si estás preparad@ para ello puedes solidarizarte con quienes están siendo reprimid@s sumándote a su acción o ocupando en ella el lugar de lxs evacuadxs.

• Si no te detienen recoge información sobre lo que ocurra a tu alrededor y a quienes sean detenidxs, comunícaselo a alguien de su grupo de afinidad o a un abogadx, o a la persona que coordine la asistencia jurídica durante la acción.

Entérate de sus nombres y del centro policial al que son enviadxs.

• Mucho ojo al terminar la manifestación, acción, concentración. Nada de irte solx, hazlo en grupo para prevenir arrestos aislados, o apoyarte si surgen problemas de última hora… En el caso de identificación: tienes derecho a solicitar al policía su número de identificación (pero puede traer como consecuencia aún peor trato).
Sino puedes fijarte en el nº de placa que portan en el uniforme, aunque a veces se las retiran.

• En caso de detención, evita tensiones innecesarias, mantén una actitud normal y exige lo mismo, pregunta por el delito por el que te consignarán. Durante todo el transcurso de la detención mantén tu actitud no violenta, honesta, inteligente y directa. Tu oposición no violenta es tan importante durante y después del arresto. Se trata de avanzar en tu seguridad emocional para defenderte lo mejor posible, no de minarla con preocupaciones excesivas. Además te ayudará a prestar atención mejor a nombres, lugares, aspecto, la hora que es… cualquier dato que puedas necesitar para identificar judicialmente a los autores de una detención ilegal o de malos tratos.

• Durante tu conducción puedes ir repasando mentalmente los consejos o recursos legales de utilidad para anteponerte a lo que pueda suceder. Relájate y disponte para el trato con la policía y “la justicia”. No olvides que no tienes obligación de declarar ante la policía y que de comisaría te conducirán al juzgado para prestar declaración ante el juez que determinará tu libertad o no. Invierte un tiempo también en preparar tu declaración, si no lo has hecho antes en previsión de detenciones. Medítala bien en su literalidad, componla sin aportar hechos fácilmente manipulables que puedan asociarse con actos de violencia y añade en todo momento que eres activista no violent@ y que participabas en una protesta pacífica o algo parecido.

• Una vez en comisaría recuerda que tienes derecho a una llamada (suelen hacerla ellos por ti), para comunicar tu detención, y a un abogadx (lo lógico es que ofrezcas el nombre y teléfono de algún contacto previamente dispuesto para asistencia legal), en el peor de los casos te asistirá uno de oficio salvo que renuncies expresamente a él. Ten cuidado con el truco del policía bueno, y malo. Exige reconocimiento médico si lo necesitas o si ha habido lesiones y tu parte médico que indique el motivo de agresión policial.

• Si hay más personas detenidas, práctica la solidaridad (que NO exige que todo@s hagan la misma elección en la misma situación) planea tu actitud aprovechando los espacios de encuentro colectivo, conversa, interésate por la situación de l@s demás, comparte tus sentimientos y conocimientos, tu fuerza interna se multiplicará. Si te mantienen en una celda en solitario distráete en lo posible, no pases las horas pensando en exceso, haz ejercicio físico.

• Las funciones del sistema de “justicia” penal son separar y aislar a las personas acusadas, destruir nuestra propia fuerza y determinación y tejer una red de confusión y mistificación acerca de los procedimientos legales. Si estamos preparad@s para nuestro contacto con este sistema, podremos limitar el efecto que se produce sobre nosotr@s, tanto personal como políticamente. Durante la detención o encarcelamiento se pueden emplear diferentes formas de resistencia no violenta para reafirmar nuestra posición como activistas ante nosotr@s mismos, las instituciones responsables o la opinión pública. Pensando en situaciones hipotéticas discute previamente estos temas en tu grupo de afinidad: La negativa a cooperar parcial o totalmente con los procedimientos judiciales puede consistir en negarse a pedir, conservar o aceptar un abogadx, a presentarse ante el juez, hablar con él, o ella o hacerlo como con cualquier persona, negarse a un registro, caminar, comer, higienizarse y mantener la limpieza de la celda, etc. En cuanto a la negativa a dar tu propio nombre, much@s activistas no violentxs actúan de forma abierta y con la determinación y publicidad que caracteriza y fortalece la acción no violenta, eligen no ocultar sus identidades. Otrxs preservan parte de estos datos, como el lugar de residencia real o habitual si no coincide con la dirección indicada en tu documentación.

• No olvides nunca que en la medida en que estamos preparadxs y profundamente convencidxs de nuestras ideas, intenciones y propósitos aumenta nuestra seguridad y nuestra respuesta es más eficaz. Tenlo siempre en cuenta antes de participar en cualquier acción o emprender alguna propia.

• Por último, dentro de lo posible, sobre todo si se trata de tu “primera vez”, vive el suceso como una experiencia más, como parte de tu aprendizaje político y personal para compartir luego esa experiencia con otras personas que algún día también tengan que enfrentarse a la misma situación.

fuente laideaagriculturaecologica

Técnicas físicas de resistencia no violenta • 01 post ASG

Si vas a pasar a la acción conviene que conozcas y practiques, mejor en un juego de rol para evaluar después los errores e impresiones psicológicas, estos sencillos ejercicios de resistencia corporal.

“La muert@” o “el bland@”

Se trata de la espectacular y ejemplar técnica de no cooperación con el desalojo de la acción y tu evacuación.

Consiste en relajarse instantáneamente ejerciendo de peso gravitatorio cuando la policía quiere agarrarnos.

Se deja caer así todo nuestro peso y con un poco de práctica se hace tan difícil movernos como a un pulpo o a una medusa.

Practícalo un poco y comprobarás que es muchísimo más eficaz que resistir en tu posición dando tirones y golpes o empleando una fuerza que siempre pueden aprovechar en tu contra.

Para evitar el riesgo de accidente en caso de patada o caída al suelo no dejes nunca la cabeza colgando, sobre todo hacia atrás. Evita terrenos complejos, como escaleras, para desarrollarla.

Generalmente se utiliza esta técnica cuando hay público o medios de comunicación, si las circunstancias no se prestan puedes ahorrártela. Esta técnica es muy demostrativa, tiende a disminuir la violencia entre la policía, nos autoafirma y atrae la simpatía del público.

“El huevo”

Para protegerse al máximo en una situación de extrema urgencia o de peligro, hace ver ante eventuales testigo@s que estás siendo agredido, sirve de llamada de atención y reclamación de ayuda. También puede disminuir la violencia del agresor.

Consiste en acurrucarse al máximo en el suelo doblándose sobre un@ mism@ en posición fetal, protegiendo bien la nuca, los genitales y el vientre.

Debes caer siempre sobre la parte derecha de tu cuerpo para resguardar el hígado de forma que quede en la parte inferior.

Las manos cubren la nuca, con los puños cerrados, nunca entrelazando los dedos (para evitar roturas de falanges por golpes) escondiendo los pulgares dentro de las palmas de las manos para que no nos tiren de ellos o los rompan.

Los codos protegen los costados, tanto como sea posible.

Si la ocasión se presenta haz el huevo con la espalda pegada a una pared para protegerla también, además te ayudará a servirte de la mirada contra tu agresor.

Una variedad de esta técnica es el “doble huevo”. Consiste en hacer el huevo una persona encima de la otra o entre varias a modo de “montón” humano. La persona de abajo debe evitar sujetar a otras para evitar riesgos al producirse tirones. Esta técnica se emplea para evitar detenciones aisladas, crea un efecto de solidaridad muy impactante y desconcierta a la policía.

Si estás aislad@ del grupo y te ataca la policía, puedes defenderte rodando sobre ti mism@.

”La sentada”

Consiste en sentarse en el suelo y quedarse todo el tiempo previsto. Por eficacia se acompaña generalmente del “encadenamiento” (nunca cruces las manos, toma de las muñecas o de los brazos).

Resulta más difícil de romper si se forman círculos mirando hacia el interior. Cuando intervenga la policía no dudes en soltarte antes que descuartizar al vecin@ o a ti mism@ o deformar completamente el círculo.

La sentada puede estimularse con la ayuda de canciones que reportaran confianza a l@s participantes.

Esta técnica siempre puede combinarse con “el blando” o “la muerta”.

No te quedes de rodillas, de esta forma ofreces más superficie donde recibir golpes o patadas, especialmente en la columna.

La sentada puede utilizarse para aislar o identificar a los provocadores y agitadores policiales infiltrados (pide al resto de la gente que se siente).

”El spaghetti”

Se usa para soltarse de la policía mientras te conducen cargando, para poder acudir en ayuda de otra persona.

Esta técnica juega con el factor sorpresa, hay que hacerlo en un instante y en casos estrictamente necesarios

Consiste en darse la vuelta cuando se es sostenido por pies y manos con la espalda hacia el suelo. Al darse rápidamente la vuelta se cae al suelo “de cuatro patas” y se huye.

”El tapiz humano”

Consiste en interrumpir un paso o un acceso, tumbándose en el suelo para ocupar el mayor terreno posible y dificultar aún más el paso. Podéis tomaros de los tobillos a modo de cadena.

Tu cabeza debe quedar fuera del área de movimiento de las piernas de tu compañer@, a un lado de sus piernas. En caso de evacuación se responde con “el blando o blanda”.

Esta resistencia se concibe como una estrategia colectiva de bloqueo más que como una técnica a practicar o “improvisar” individualmente, por lo que exige de una preparación y ensayo previo que tenga en cuenta el espacio físico a cerrar.

Por tu seguridad y para disponerte a practicar cualquiera de estas técnicas procura dentro de lo posible no portar artículos de los que te puedan tirar, arrastrar o con los que te puedas cortar, ahogar o dañar (collares, relojes, gafas, pendientes, pañuelos en el cuello, recógete bien tu cabellera…) y cúbrete el cuerpo en lo posible.

Ir a la segunda parte.

fuente: laideaecologica.com

lunes, 21 de febrero de 2011

Papillon. Post Dido

Papillon (que en francés significa mariposa) es el título de una novela publicada en 1969, obra del francés Henri Charrière. En 1973, Franklin J. Schaffner, dirigió la película basada en el libro, con Steve McQueen como protagonista y Dustin Hoffman como actor secundario.


Henri Charrière (1906 - 1973) escribió esta novela autobiográfica en 1969. En ella, el protagonista, que se apoda Papillon, si bien es autor de innumerables delitos, es condenado a trabajos forzados en la isla del Diablo en la Guayana francesa por un crimen que no cometió. La trama gira en torno a los intentos de fugarse que realiza Papillón y su definitiva fuga en 1941.
Aunque se pone en duda su veracidad, es interesante la vívida descripción de las inhumanas condiciones que padecen los reclusos. La novela fue un best-seller y existe una segunda parte llamadaBanco en la cual se relata el camino que recorrió el autor desde que fue liberado definitivamente en América hasta que llego a la masividad literaria, recorriendo caminos azarosos y muchas veces tan peligrosos como el mismo presidio.
Tanto la novela como la película pueden considerarse obras de denuncia, ya que al tiempo que descubren las entrañas del sistema penitenciario de las colonias francesas, muestran algunos aspectos crudos y tortuosos del trato a los prisioneros, de las torturas, además del esfuerzo que el espíritu humano, en este caso representado por el mismo Papillón, hace por adaptarse a un medio altamente hostil, que ofrece pocas posibilidades a la supervivencia, un ambiente aislado del mundo, en cárceles subhumanas. Pero sobre todo, es de destacarse la persistencia por alcanzar la libertad, por defender el poco de dignidad humana que puede conservarse en la cárcel, incluso exponiendo la vida a cambio de ella. Todo esto en su conjunto explicaría el éxito de la novela y la película.

El gran Gatsby. Post Dido

El gran Gatsby (The Great Gatsby, en su título original en inglés) es una novela de F. Scott Fitzgerald publicada en 1925. La historia se desarrolla en Nueva York y Long Island en los años 20 del siglo XX. Ha sido descrito a menudo como el reflejo de la era del jazz en la literatura estadounidense.

El público no acogió bien la novela de Fitzgerald cuando se publicó y se vendieron menos de 24.000 ejemplares hasta la muerte del autor. Durante la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial cayó en el olvido. En los años 50 se reeditó y encontró rápidamente un amplio círculo de lectores. Durante las décadas siguientes se convirtió en un texto estándar en institutos y universidades en todo el mundo. En algunas referencias es citada como una de las novelas más importantes de la literatura norteamericana del siglo XX.


La obra Gran Gatsby tiene como fondo la alta sociedad norteamericana, en la que se desenvuelve un hombre misterioso e inmensamente rico, Gatsby, quien, a pesar de ello, es considerado un advenedizo y sólo se le acepta como invitado. Pero Gatsby se empeña en conseguir el amor que no logró en su juventud.
Jay Gatsby es un joven millonario con un pasado dudoso. No tiene enlaces con la sociedad que le rodea y nadie sabe cómo consiguió su fortuna. Algunos creen que lo ganó vendiendo alcohol ilegalmente. También hay rumores de que se trata de un asesino a sueldo o un espía alemán de la Primera Guerra Mundial o que quizás es un sobrino del emperador Guillermo II de Alemania.
De todas formas y a pesar de las grandiosas fiestas que organiza, donde tolera a numerosos intrusos, Gatsby es un hombre solitario. Todo lo que quiere realmente es revivir el pasado para reunirse con el amor de su vida, Daisy. Pero Daisy ahora está casada con el respetable millonario Tom Buchanan, con quien tiene una hija. Para Gatsby esto casi no es ningún problema para seguir con su amor hacia Daisy, y ella, sintiéndose atrapada y aburrida en su matrimonio, se ve halagada por la atención de Gatsby.
El narrador de la historia es Nick Carraway, un joven banquero de Wall Street en lo alto del mercado floreciente de los años 20. También es primo de Daisy. Carraway se muda a un pequeño bungalow cerca de la mansión de Gatsby. Con el tiempo Carraway se da cuenta de que los ricos —por muy respetables que pueden parecer a la superficie— son de verdad personas sin cuidado y Tom y Daisy no son ninguna excepción.
Tom tiene una amante, Myrtle, la mujer del dueño de la estación de servicio en el descampado entre la fabulosa mansión en Long Island y la ciudad de Nueva York, aproximadamente donde hoy en día se encuentra el barrio de Queens. Una tarde, tras una confrontación entre Tom y Gatsby a causa de Daisy, ésta atropella a Myrtle en su camino de vuelta desde la ciudad. Tom confunde de manera inintencionada al marido de Myrtle en primera instancia, indicando que la culpa del accidente era de Gatsby. George Wilson, cuyo corazón está roto por la muerte de su mujer, luego de inquirir violentamente a Tom en su casa con un revólver confirma que es Gatsby (hecho que se revela de la propia boca de Tom al mantener un diálogo casual con Nick al final de la novela) y le pega en consecuencia un tiro y luego se suicida.
Nadie, ni siquiera Daisy, aparece en el funeral de Gatsby. Éste es enterrado con el mismo misterio con que había aparecido de repente.

Barba Azul. Post Dido

Barba Azul es un cuento de hadas de Charles Perrault, publicado en 1697, en el que una mujer descubre cómo su marido oculta en una habitación prohibida los cadáveres de sus anteriores esposas.


Barba Azul era un rico aristócrata, temido por su aspecto fiero y conducta salvaje. Se había casado en siete ocasiones, pero nadie sabía qué había sido de sus esposas. Las mujeres del lugar lo evitaban. Cuando Barba Azul visitó a uno de sus vecinos y pidió en matrimonio a alguna de sus hijas, ellas sintieron tal pavor que intentaron colocárselo a otra de las hermanas. Finalmente, convenció a la hermana menor de que se casara con él y tras la ceremonia la condujo al castillo en el que habitaba.
Al poco tiempo Barba Azul anunció que tenía que partir de viaje durante una temporada, entregó todas las llaves del castillo a su nueva esposa, incluida la de una pequeña estancia a la que le había prohibido entrar. Después partió y dejó la casa en sus manos. Casi inmediatamente la esposa sintió un deseo insuperable de ver qué había en la habitación prohibida y finalmente una de sus hermanas que estaba de visita la convenció para que satisficiera su curiosidad y abriera la puerta.
El piso estaba encharcado de sangre y los cadáveres de las anteriores esposas de su marido estaban colgados de los muros. Aterrorizada, cerró la puerta pero algo de sangre se quedó en la llave. Barba Azul regresó de improviso e inmediatamente se dio cuenta de lo que su mujer había hecho. Ciego de ira, amenazó con decapitarla en aquel mismo momento, así que ella se encerró en la torre más alta junto con su hermana. Mientras Barba Azul, espada en mano, trataba de abrir la puerta, las hermanas esperaban la llegada de sus dos hermanos. En el último momento, cuando Barba Azul está a punto de dar el golpe de gracia, los hermanos irrumpen en el castillo y matan a Barba Azul cuando éste trata de huir.

Aunque es conocido como un cuento de hadas, se cree que el personaje de Barba Azul está basado en el noble bretón del siglo XV y asesino en serie, Gilles de Rais.
Los temas del misterioso marido ausente, el palacio suntuoso, la hermana que incentiva la curiosidad ilícita y lo prohibido (un tema central: compárese con la Caja de Pandora y la historia de Adán y Eva), aparecen todos ellos en la historia helenística de Cupido y Psique.
La historia fue reimpresa en numerosas ediciones hasta alrededor de los años cincuenta del siglo XX, momento en el que su popularidad decayó al considerarse cada vez menos adecuada para que los niños la leyeran. El elemento central de la historia es el descubrimiento de los cadáveres de las esposas, Barba Azul era una historia difícil de "rebajar" para audiencias infantiles, un factor que sin duda contribuyó al descenso de su popularidad.

La Isla del Doctor Moreau. Post Dido

La Isla del Doctor Moreau es una novela de 1896 de ciencia ficción escrita por H. G. Wells, introduciendo ideas de sociedad y comunidad, naturaleza humana e identidad, el jugar a Dios y Darwinismo.


Cuando la novela fue escrita a fines del siglo XIX, la comunidad científica de Gran Bretaña estaba sumida en los debates sobre la vivisección de animales. Incluso ciertos grupos de interés, formaron, para abordar la cuestión, la Unión Británica para la Abolición de la bisección, lo que lo relaciona con el tema de la ingeniería genética, constituida dos años después de la publicación de la novela.

Se comienza con el protagonista, un caballero de clase alta llamado Edward Prendick, náufrago en el océano. Un barco que pasa lo lleva a bordo, y un médico llamado Montgomery lo revive. Él explica a Prendick que se dirigen a una isla sin nombre donde trabaja, y que los animales a bordo del buque viajan con él. Prendick también conoce a un nativo grotesco y bestial llamado M'ling que parece ser el siervo de Montgomery.
Cuando llegan a la isla, sin embargo, tanto el capitán del buque y el Doctor Montgomery se niegan a llevar a Prendick con cualquiera de ellos, con el buque varado. La tripulación lo empuja de nuevo en el bote salvavidas del cual fue rescatado, pero viendo que en el barco realmente tenían intención de abandonarlo, los isleños tienen lástima y terminan volviendo por él. Montgomery le presenta al Doctor Moreau, un frío y preciso hombre que lleva a cabo investigaciones en la isla. Después de la descarga de los animales desde el barco, llevan a Prendick a una casa en una habitación exterior del recinto en el que viven. Prendick es sumamente curioso sobre las exactas investigaciones de Moreau en la isla, especialmente después de que bloquea la parte interior del recinto sin explicar por qué. Prendick de repente recuerda que él ha oído hablar de Moreau, y que había sido un eminente fisiólogo en Londres antes de que un periodista expuso sus horripilantes experimentos de vivisección.
Al día siguiente, Moreau comienza trabajando con un puma, y sus gritos angustiados conducen a Prendick a la selva. Paseando, encuentra a un grupo de personas que se parecen a humanos pero que tienen un inconfundible parecido con los cerdos. A medida que camina de vuelta al recinto, de repente se da cuenta de que lo están siguiendo. Entra en pánico y huye, y en un desesperado intento de defensa deja a su atacante aturdido, un monstruoso híbrido de hombre y animal. Cuando regresa a casa y le pregunta a Montgomery, Montgomery se niega a responderle. Después de no obtener una explicación, Prendick finalmente cede y se duerme.
Prendick despierta a la mañana siguiente con las actividades de la noche anterior frescas en su mente. Viendo que la puerta interior ha quedado desbloqueada, pasa para encontrar una forma humanoide vendada sobre la mesa antes de ser echado por un conmocionado y enojado Moreau. Él cree que Moreau ha viviseccionado seres humanos y que es el próximo. Él huye hacia la jungla, donde se encuentra con un hombre mono que le lleva a una colonia de seres medio humanos y medio animales. El líder, una gran cosa Predicador de la Ley, le ha de recitar una extraña letanía llamada la Ley que implica prohibiciones contra el comportamiento bestial y elogios a Moreau. De repente, Moreau irrumpe en la colonia, y Prendick escapa por la parte de atrás en la selva. Él llega al océano, donde planea ahogarse en lugar de permitir que Moreau experimente en él. Moreau y Montgomery lo enfrentan, sin embargo, y Moreau explica que las criaturas, son animales que ha viviseccionado para parecerse a los seres humanos. Prendick se remonta al recinto, donde Moreau le explica que él ha estado en la isla durante once años, tratando de hacer una transformación completa de animales a humanos. Al parecer, la única justificacón para el dolor que inflige es la curiosidad científica. Prendick acepta la explicación, y comienza una vida en la isla.
Un día, cuando él y Montgomery están caminando alrededor de la isla, ven a un conejo medio comido. Comer carne y la degustación de sangre es una de las más fuertes prohibiciones en la Ley, por lo que Montgomery y Moreau vuelven muy preocupados. Moreau reúne una asamblea de Hombres Bestia. Él identifica al Hombre Leopardo (el mismo que persiguió a Prendick la primera vez que vagaban en la selva) como el transgresor. El Hombre Leopardo huye, pero cuando el grupo lo acorrala en algunos sotobosques, Prendick tiene lástima y le dispara, y le evita el retorno a la mesa de operaciones de Moreau. Moreau está furioso, pero no puede hacer nada acerca de la situación.
Con el paso del tiempo, Prendick comienza a acostumbrarse a las grotescas bestias. Un día, sin embargo, se ve sacudido de este estancamiento, cuando el puma se escapa de los laboratorios. Moreau lo persigue, pero se acaban matando mutuamente. Montgomery se desmorona, y habiéndose emborrachado, decide darle alcohol a los Hombres Bestia. Prendick trata de detenerlo, pero Montgomery lo pone en peligro con violencia y abandona el recinto solo con una botella en mano. Más tarde en la noche, Prendick escucha una conmoción fuera, él mira y ve a Montgomery rodeado de bestias. Montgomery muere en frente de Prendick, que es ahora el último de los humanos en la isla. Él no trata de reclamar el trono vacante de Moreau en la isla, pero se consigue un lugar donde vivir con las bestias, que entran en regresión al animalismo. Intenta construir y disponer una balsa con la que tiene la intención de abandonar la isla. Por suerte para él, con el tiempo un buque piloteado por dos cadáveres encalla en la playa. Prendick junta suministros, y zarpa a la mañana siguiente.
Él es recogido por un buque sólo tres días más tarde, pero cuando cuenta su historia la tripulación piensa que está loco. Para evitar que él mismo sea declarado loco, pretende no tener memoria del año que pasó entre el primer naufragio y su rescate final. Al llegar de vuelta a Inglaterra, sin embargo, encuentra con que él se siente incómodo rígidamente en torno a otros seres humanos, porque él tiene una sospecha irracional de que todos ellos son bestias humanas en peligro de repentinas y violentas regresiones al animalismo. Él se va a vivir en soledad y al estudio de la química y la astronomía, encontrando la paz en los cuerpos celestes.

miércoles, 16 de febrero de 2011

La evolución del erotismo.post ASG

La primera teta que vi en mi vida se me grabó tan a fuego en la cabeza, que hoy podría cerrar los ojos y dibujarla con precisión quirúrgica, a mano alzada, sin titubear. Han pasado muchos años y todavía siento que puedo copiar en un papel cómo era esa redondez impactante, en qué lugar del torso se ubicaba, y qué forma exacta tenía el pezón que me dio un guiño cómplice y ciego para salir de la preadolescencia.

Era una teta audaz, erigida con soberana libertad en la segunda página de una revista de alto voltaje y poca monta, llamada Eroticón. Los de mi generación, hago la salvedad, forjamos nuestra imaginación a golpes de ausencias, porque no nos quedaba otra.

Pienso en esto ahora que estamos en edad de mandar a la cama a los niños, porque la tele nos bombardea con culos, insultos y penetraciones, constantemente. Los otros días estábamos haciendo zapping con mi hija y tuve que cachetear el control remoto cuando Santiago Segura -en la piel de Torrente-, abusaba con destartaladas embestidas de una mujer fronteriza que dormía sobre un sillón. Eran las tres de la tarde.

A veces siento que me sale un alien moralista por entre las tetas, o que envejecí y me convertí en una tía hinchapelotas de ruleros que lanza pantuflas contra los aparatos de televisión. Otras, sin embargo, recuerdo mis periplos para conseguir información y estímulos en edades tempranas y me ataca el remordimiento: ¿tengo derecho de privar a mis hijos de todo aquello con lo que yo soñé cuando era más chico? ¿Será que yo anhelaba un festival sin censura de tetas, culos y piernas, sólo porque estaban prohibidos, y a ellos les resultará más fácil resolver sus complejos y carencias?

Una vez escribí sobre las vicisitudes que padecía un adolescente para conseguir una película porno hace diez años, cuando no había internet, cuando no existían ni Tinelli ni la ficción trasgresora de los programas de hoy, que están llenos de minas acoplándose con otras a los gritos como si fueran tijeras.

El artículo se ocupaba de cuatro puntos concretos, los ejes de la culpa que nos sepultaba cada vez que recaíamos en un videoclub de barrio los sábados por la tarde, para apostar por la sensualidad:

- La sangre fría que teníamos en las venas cuando entrábamos al videoclub y recorríamos ese tramo patibulario hasta quedar enfrentados con las rubias californianas que nos sonreían con la boca llena desde las bateas.

- El monumental tamaño de las cajas de las pelis porno, atestadas de una gráfica en la que abundaban pitos largos, senos gigantes, caras torcidas por el placer.

- Los nervios de acero y las pelotas frías como el mármol para atravesar todo ese local con ese pichón de caja entre las manos sin sudar.

- La estrategia evasiva mil veces ensayada ante la posible pregunta del dependiente: “es para un amigo que no se anima”; “es para una despedida de solteros”, “es para un trabajo en la facultad”.

Recordemos: era una época en la que no había internet, las revistas eróticas venían con una faja negra adelante, y los quiosqueros traficaban Playboys con las minas de Olmedo como si se tratara de fasos de marihuana.

Soy un coleccionista mental de primeras experiencias. Entiendo que cada vez que algo nuevo ocurre y me impacta, necesariamente debo hacer una muesca en el tronco de mi memoria y anotar: “acá me fumé el primer cigarrillo”, o “en este baño me hice la primera paja”. El hombre, creo, es una sucesión de vivencias. Sin ellas, sin nuestro anecdotario rústico y pintoresco agolpándose para darle forma a nuestro pasado, no valemos una mierda.

Yo sé, por ejemplo, que si hace veinte años mis cinco amigos no me empujaban (a pesar de mis ruegos y pataleos) a los brazos de esa señora gorda, no habría perdido nunca la virginidad. Me costó 8 Australes y media petaca de whisky -fiero como una meada- entenderlo.

Hasta ese momento, hasta que crucé las puertas de aquél infierno de bombitas rojas, yo era un niño. Y lo próximo que supe era que estaba tumbado sobre un sillón destartalado, atrapado en un mar de resortes que asomaban entre la goma espuma, prisionero del peso de una mujer gorda con aliento a cebolla que me pedía que no la besara en la boca y que me apurara. El niño que fui murió ahí, ensordecido por la música de La Mona Jiménez, aturdido entre tantos afiches de mujeres ochentonas sobre motos choperas. Dejé de ser niño y casi me hago puto, quiero decir, porque nada estaba más lejos de mi fantasía que esa cruda realidad; en el lupanar aquél yo no encontré jamás a las muchachas de las películas, a los ángeles comprensivos que en mi mente eran más dóciles y cariñosas que una madre sobre una cuna.

Otra muesca: a finales de la década del ochenta, en la calle La Rioja, no trabajaban Jenna Jameson, ni Christy Canion, ni Ginger Lynn. Nuestros primeros polvos eran una novela de Llamosas, la tragedia del contraste, la pornografía del ridículo, y a muchos de nosotros nos costaría tres meses de terapia olvidarnos del aliento de nuestra primera mujer.

Me considero un sobreviviente. Siempre lo digo.

Vengo de una época en la que las revistas porno eran el equivalente a una Revista Gente de la actualidad, un tiempo remoto en el que el Photoshop todavía no nos había cagado la existencia y traficábamos almanaques de minas en pelotas por debajo de los pupitres.

No sé cómo hicimos, pero emergimos y hoy somos hombres de familia, gente grande, veteranos de pajas tremendamente imaginativas. La mía es una generación que aprendió el valor de la paciencia frente al televisor, donde montábamos guardia en el trasnoche, esperando que a la programación se le escapara una teta.

Y no buscamos reconocimientos ni medallas.

Queremos que nos permitan estos asombros, estas cejas levantadas, estos artículos pavotes que escribimos cuando vemos gente que coge a la siesta en un aparato que para nosotros era la última frontera a conquistar.

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martes, 15 de febrero de 2011

A la deriva (Horacio Quiroga). Post Dido .

El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.



El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
—¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo. ¡Dame caña!
—¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.
—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
—Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez—dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
—¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
—¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves . . .
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
—Un jueves...
Y cesó de respirar.

viernes, 4 de febrero de 2011

En la Cripta. H.P.Lovecraft. Post Dido.

Nada más absurdo, a mi juicio, que esa tópica asociación entre lo hogareño y lo saludable que parece impregnar la sicología de la multitud. Mencione usted un bucólico paraje yanqui, un grueso y chapucero enterrador de pueblo y un descuidado contratiempo con una tumba, y ningún lector esperará otra cosa que un relato cómico, divertido pero grotesco. Dios sabe, empero, que la prosaica historia que la muerte de George Birch me permite contar tiene, en sí misma, ciertos elementos que hacen que la más oscura de las comedias resulte luminosa. Birch quedó impedido y cambió de negocio en 1881, aunque nunca comentaba el asunto si es que podía evitarlo. Tampoco lo hacía su viejo médico, el doctor Davis, que murió hace años. Se acepta generalmente que su dolencia y daños fueron resultado de un desafortunado resbalón por el que Birch quedó encerrado durante nueve horas en el mortuorio cementerio de Peck Valley, logrando salir sólo mediante toscos y destructivos métodos. Pero mientras que esto es una verdad de la que nadie duda, había otros y más negros aspectos sobre los que el hombre solía murmurar en sus delirios de borracho, cerca de su final. Se confió a mí porque yo era médico, y porque probablemente sentía la necesidad de hablar con alguien después de la muerte de Davis. Era soltero y carecía completamente de parientes.
Birch, antes de 1881, era el enterrador municipal de Peck Valley, siendo un rústico y primitivo, incluso para como puede ser ese tipo de gente. Lo que he oído sobre sus métodos resulta increíble, al menos para una ciudad, e incluso Peck Valley se habría estremecido de haber conocido la dudosa ética de sus artes mortuorias en materias tan escabrosas como el apropiarse de los forros, invisibles bajo la tapa del ataúd, o el grado de dignidad que daba al disponer y adaptar los miembros no visibles de sus inquilinos sin vida a unos recipientes no siempre calculados con exactitud precisa. Más concretamente, Birch era dejado, insensible y profesionalmente indeseable, aunque no creo que fuera mala persona. Era, sencillamente, tosco de temperamento y profesión... bruto, descuidado y borracho, y así lo probaba su fácil tendencia a los accidentes, así como su carencia de esos mínimos de imaginación que mantiene el ciudadano medio dentro de ciertos límites fijados por el buen gusto.
No sabría decir cuándo comienza la historia de Birch, ya que no soy un relator avezado. Supongo que puede empezar en el frío diciembre de 1880, cuando el terreno se heló y los sepultureros descubrieron que no podían cavar más tumbas hasta la primavera. Afortunadamente, el pueblo era pequeño y las muertes bastante escasas, por lo que fue imposible dar a todas las cargas inanimadas de Birch un paraíso temporal en el simple y anticuado mortuorio. El enterrador se volvió doblemente perezoso con aquel tiempo amargo y pareció sobrepasarse a sí mismo en descuido. Nunca había colocado juntos tantos ataúdes flojos y contrahechos, o abandonado más flagrantemente el cuidado del oxidado cerrojo de la puerta del mortuorio, que abría y cerraba a portazos, con el más negligente abandono.
Al fin llegó el deshielo de primavera y las tumbas fueron laboriosamente habilitadas para los nueve silenciosos frutos del espantoso cosechero que les aguardaba en la tumba. Birch, aun temiendo el fastidio de remover y enterrar, comenzó a trasladarlos una desagradable mañana de abril, pero se detuvo, tras depositar a un mortal inquilino en su eterno descanso, por culpa de una tremenda lluvia que pareció irritar a su caballo. El cadáver era el de Darius Park, el nonagenario, cuya tumba no estaba lejos del mortuorio. Birch decidió que, el día siguiente, empezaría con el viejo Matthew Fenner, cuya tumba también se encontraba cerca; pero la verdad es que pospuso el asunto por tres días, no volviendo al trabajo hasta el día 15, Viernes Santo. No siendo supersticioso, no se fijó en la fecha, aunque tras lo que pasó se negó siempre a hacer algo de importancia en ese fatídico sexto día de la semana. Desde luego, los sucesos de aquella noche cambiaron enormemente a George Birch.
La tarde del 15 de abril, viernes, Birch se dirigió a la tumba con caballo y carro, dispuesto a trasladar el cuerpo de Matthew Fenner. Él admite que en aquellos momentos no estaba del todo sobrio, aunque entonces no se daba tan plenamente a la bebida como haría más tarde, tratando de olvidar ciertas cosas. Se encontraba sólo lo bastante mareado y descuidado como para fastidiar a su sensible caballo, sofrenándolo junto al mortuorio, por lo que éste relinchó y piafó y se agitó, tal como lo hiciera la ocasión anterior, cuando le molestó la lluvia. El día era claro, pero se había levantado un fuerte viento, y Birch se alegró de contar con refugio mientras corría el cerrojo de hierro y entraba en el vestíbulo de la cripta. Otro no podría haber soportado la húmeda y olorosa estancia, con los ocho ataúdes descuidadamente colocados, pero Birch, en aquellos días, era insensible y sólo cuidaba de poner el ataúd correcto en la tumba correspondiente. No había olvidado las críticas suscitadas por los parientes de Hannah Bixby cuando, deseando transportar el cuerpo de ésta al cementerio de la ciudad a la que se habían mudado, encontraron en la caja al juez Capwell bajo su lápida.
La luz era tenue, pero la vista de Birch era buena y no cogió por error el ataúd de Asaph Sawyer, a pesar de que era muy similar. De hecho, había fabricado aquella caja para Matthew Fenner, pero la dejó a un lado, por ser demasiado tosca y endeble, en un rapto de curioso sentimentalismo provocado por el recuerdo de cuán amable y generoso fue con él el pequeño anciano durante su bancarrota, cinco años antes. Había dado al viejo Matt lo mejor que su habilidad podía crear, pero era lo bastante ahorrativo como para guardarse el ejemplar desechado y usarlo cuando Asaph Sawyer murió de fiebres malignas. Sawyer no era un hombre amable y se contaban muchas historias sobre su casi inhumano temperamento vengativo y su tenaz memoria para ofensas reales o fingidas. Con él, Birch no sintió remordimientos cuando le asignó el destartalado ataúd que ahora apartaba de su camino, buscando la caja de Fenner.
Fue justo al reconocer el ataúd del viejo Matt cuando la puerta se cerró de un portazo, empujada por el viento, dejándolo en una penumbra aún más profunda que la de antes. El angosto tragaluz admitía sólo el paso de los más débiles rayos, y el ventiladero sobre su cabeza virtualmente ninguna, así que se vio obligado a un profano palpar mientras hacía un trastabilleante camino entre las cajas, rumbo al pestillo. En esa penumbra fúnebre agitó el mohoso pomo, empujó las planchas de hierro y se preguntó por qué el enorme portón se había vuelto repentinamente tan recalcitrante. En ese crepúsculo, además, comenzó a comprender la verdad y gritó en voz alta, mientras su caballo, fuera, no pudo más que darle una réplica, aunque poco amistosa. Porque el pestillo tanto tiempo descuidado se había roto sin duda, dejando al descuidado enterrador atrapado en la cripta, víctima de su propia desidia.
Aquello debió suceder sobre las tres y media de la tarde. Birch, siendo de temperamento flemático y práctico, no gritó durante mucho tiempo, sino que procedió a buscar algunas herramientas que recordaba haber visto en una esquina de la sala. Es dudoso que sintiera todo el horror y lo horripilante de su posición, pero el solo hecho de verse atrapado tan lejos de los caminos transitados por los hombres era suficiente para exasperarlo por completo. Su trabajo diurno se había visto tristemente interrumpido, y a no ser que la suerte llevase en aquellos momentos a algún caminante hasta las cercanías, debería quedarse allí toda la noche o más tarde. Pronto apareció el montón de herramientas y, seleccionando martillo y cincel, Birch regresó, entre los ataúdes, a la puerta. El aire había comenzado a ser excesivamente malsano, pero no prestó atención a este detalle mientras se afanaba, medio a tientas, contra el pesado y corroído metal del pestillo. Hubiera dado lo que fuera por tener una linterna o un cabo de vela, pero, careciendo de ambos, chapuceaba como podía, medio a ciegas.
Cuando se cercioró de que el pestillo estaba bloqueado sin remisión, al menos para herramientas tan rudimentarias y bajo tales condiciones tenebrosas de luz, Birch buscó alrededor otra forma de escapar. La cripta había sido excavada en una ladera, por lo que el angosto túnel de ventilación del techo corría a través de algunos metros de tierra, haciendo que esta dirección fuera inútil de considerar. Sobre la puerta, no obstante, el tragaluz alto y en forma de hendidura, situado en la fachada de ladrillo, dejaba pensar en que podría ser ensanchado por un trabajador diligente, de ahí que sus ojos se demoraran largo rato sobre él mientras se estrujaba el cerebro buscando métodos de escapatoria. No había nada parecido a una escalera en aquella tumba, y los nichos para ataúdes situados a los lados y el fondo -que Birch apenas se molestaba en utilizar- no permitían trepar hasta encima de la puerta. Sólo los mismos ataúdes quedaban como potenciales peldaños, y, mientras consideraba aquello, especuló sobre la mejor forma de colocarlos. Tres ataúdes de altura, supuso, permitirían alcanzar el tragaluz, pero lo haría mejor con cuatro, lo más estable posible. Mientras lo planeaba, no pudo por menos que desear que las unidades de su planeada escalera hubieran sido hechas con firmeza. Que hubiera tenido la suficiente imaginación como para desear que estuvieran vacías, ya resultaba más dudosa.
Finalmente, decidió colocar una base de tres, paralelos al muro, para colocar sobre ellos dos pisos de dos y, encima de éstos, uno solo que serviría de plataforma. Tal estructura permitiría el ascenso con un mínimo de problemas y daría la deseada altura. Aún mejor, pensó, podría utilizar sólo dos cajas de base para soportar todo, dejando uno libre, que podría ser colocado en lo alto en caso de que tal forma de escape necesitase aún mayor altitud. Y, de esta forma, el prisionero se esforzó en aquel crepúsculo, desplazando los inertes restos de mortalidad sin la menor ceremonia, mientras su Torre de Babel en miniatura iba ascendiendo piso a piso. Algunos de los ataúdes comenzaron a rajarse bajo el esfuerzo del ascenso, y él decidió dejar el sólidamente construido ataúd del pequeño Matthew Fenner para la cúspide, de forma que sus pies tuvieran una superficie tan sólida como fuera posible. En la escasa luz había que confiar ante todo en el tacto para seleccionar la caja adecuada y, de hecho, la encontró por accidente, ya que llegó a sus manos como a través de alguna extraña volición, después de que la hubiera colocado inadvertidamente junto a otra en el tercer piso.
Al cabo, la torre estuvo acabada, y sus fatigados brazos descansaron un rato, durante el que se sentó en el último peldaño de su espantable artefacto; luego, Birch ascendió cautelosamente con sus herramientas y se detuvo frente al angosto tragaluz. Los bordes eran totalmente de ladrillo y había pocas dudas de que, con unos pocos golpes de cincel, se abriría lo bastante como para permitir el paso de su cuerpo. Mientras comenzaba a golpear con el martillo, el caballo, fuera, relinchaba en un tono que podría haber sido tanto de aliento como de burla. Cualquiera de los dos supuestos hubiera sido apropiado, ya que la inesperada tenacidad de la albañilería, fácil a simple vista, resultaba sin duda sardónicamente ilustrativa de la vanidad de los anhelos de los mortales, aparte de motivo de una tarea cuya ejecución necesitaba cada estímulo posible.
Llegó el anochecer y encontró a Birch aún pugnando. Trabajaba ahora sobre todo el tacto, ya que nuevas nubes cubrieron la luna y, aunque los progresos eran todavía lentos, se sentía envalentonado por sus avances en lo alto y lo bajo de la abertura. Estaba seguro de que podría tenerlo listo a medianoche... aunque era una característica suya el que esto no contuviera para él implicaciones temibles. Ajeno a opresivas reflexiones sobre la hora, el lugar y la compañía que tenía bajo sus pies, despedazaba filosóficamente el muro de piedra, maldiciendo cuando lo alcanzaba un fragmento en el rostro, y riéndose cuando alguno daba en el cada vez más excitado caballo que piafaba cerca del ciprés. Al final, el agujero fue lo bastante grande como para intentar pasar el cuerpo por él, agitándose hasta que los ataúdes se mecieron y crujieron bajo sus pies. Descubrió que no necesitaba apilar otro para conseguir la altura adecuada, ya que el agujero se encontraba exactamente en el nivel apropiado, siendo posible usarlo tan pronto como el tamaño así lo permitiera.
Debía ser ya la medianoche cuando Birch decidió que podía atravesar el tragaluz. Cansado y sudando, a pesar de los muchos descansos, bajó al suelo y se sentó un momento en la caja del fondo a tomar fuerzas para el esfuerzo final de arrastrarse y saltar al exterior. El hambriento caballo estaba relinchando repetidamente y de forma casi extraña, y él deseó vagamente que parara. Se sentía curiosamente desazonado por su inminente escapatoria y casi espantado de intentarlo, ya que su físico tenía la indolente corpulencia de la temprana media edad. Mientras ascendía por los astillados ataúdes sintió con intensidad su peso, especialmente cuando, tras llegar al de más arriba, escuchó ese agravado crujir que presagiaba la fractura total de la madera. Al parecer, había planificado en vano elegir el más sólido de los ataúdes para la plataforma, ya que, apenas apoyó todo su peso de nuevo sobre esa pútrida tapa, ésta cedió, hundiéndole medio metro sobre algo que no quería ni imaginar. Enloquecido por el sonido, o por el hedor que se expandió al aire libre, el caballo lanzó un alarido que era demasiado frenético para un relincho, y se lanzó enloquecido a través de la noche, con la carreta traqueteando enloquecidamente a su zaga.
Birch, en esa espantosa situación, se encontraba ahora demasiado abajo para un fácil ascenso hacia el agrandado tragaluz, pero acumuló energías para un intento concreto. Asiendo los bordes de la abertura, trataba de auparse cuando notó un extraño impedimento en forma de una especie de tirón en sus dos tobillos. Enseguida sintió miedo por primera vez en la noche, ya que, aunque pugnaba, no conseguía librarse del desconocido agarrón que hacía presa de sus tobillos en entorpecedora cautividad. Horribles dolores, como de salvajes heridas, le laceraron las pantorrillas, y en su mente se produjo un remolino de espanto mezclado con un inamovible materialismo que sugería astillas, clavos sueltos y similares, propios de una caja rota de madera. Quizás gritó. Y en todo momento pateaba y se debatía frenética y casi automáticamente mientras su conciencia casi se eclipsaba en un medio desmayo.
El instinto guió su deslizamiento a través del tragaluz, y, en el arrastrar que siguió, cayó con un golpetazo sobre el húmedo terreno. No podía caminar, al parecer, y la emergente luna debió presenciar una horrible visión mientras él arrastraba sus sangrantes tobillos hacia la portería del cementerio; los dedos hundiéndose en el negro mantillo, apresurándose sin pensar, y el cuerpo respondiendo con una enloquecedora lentitud que se sufre cuando uno es perseguido por los fantasmas de la pesadilla. No obstante, era evidente que no había perseguidor alguno, ya que se encontraba solo y vivo cuando Armington, el guarda, respondió a sus débiles arañazos en la puerta.
Armington ayudó a Birch a llegar a una cama disponible y envió a su hijo pequeño, Edwin, a buscar al doctor Davis. El herido estaba plenamente consciente, pero no pudo decir nada coherente, sino simplemente musitar: "¡Ah, mis tobillos!" "Déjame" o "Encerrado en la tumba". Luego llegó el doctor con su maletín, hizo algunas preguntas escuetas y quitó al paciente la ropa, los zapatos y los calcetines. Las heridas, ya que ambos tobillos estaban espantosamente lacerados en torno a los tendones de Aquiles, parecieron desconcertar sobremanera al viejo médico y, por último, casi espantarlo. Su interrogatorio se hizo más que médicamente tenso, y sus manos temblaban al curar los miembros lacerados, vendándolos como si desease perder de vista las heridas lo antes posible.
Siendo, como era Davis, un doctor frío e impersonal, el ominoso y espantoso interrogatorio resultó de lo más extraño, intentando arrancar al fatigado enterrador cada mínimo detalle de su horrible experiencia. Se encontraba tremendamente ansioso de saber si Birch estaba seguro -absolutamente seguro- de que era el ataúd de Fenner en la penumbra, y de cómo había distinguido éste del duplicado de inferior calidad del ruin de Asaph Sawyer. ¿Podría la sólida caja de Fenner ceder tan fácilmente? Davis, un profesional con larga experiencia en el pueblo, había estado en ambos funerales, aparte de haber atendido a Fenner como a Sawyer en su última enfermedad. Incluso se había preguntado, en el funeral de éste último, cómo el vengativo granjero podría caber en una caja tan acorde al diminuto Fenner.
Davis se fue el cabo de dos horas largas, urgiendo a Birch a insistir en todo momento que sus heridas eran producto enteramente de clavos sueltos y madera astillada. ¿Qué más, añadió, podría probarse o creerse en cualquier caso? Pero haría bien en decir tan poco como pudiera y en no dejar que otro médico tratase sus heridas. Birch tuvo en cuenta tal recomendación el resto de su vida, hasta que me contó la historia, y cuando vi las cicatrices -antiguas y desvaídas como eran- convine en que había obrado juiciosamente. Quedó cojo para siempre, porque los grandes tendones fueron dañados, pero creo que mayor fue la cojera de su espíritu. Su forma de pensar, otrora flemática y lógica, estaba indeleblemente afectada y resultaba penoso notar su respuesta a ciertas alusiones fortuitas como "viernes", "tumba", "ataúd", y palabras de menos obvia relación. Su espantado caballo había vuelto a casa, pero su ingenio nunca lo hizo. Cambió de negocio, pero siempre anduvo recomido por algo. Podía ser sólo miedo, o miedo mezclado con una extraña y tardía clase de remordimiento por antiguas atrocidades cometidas. La bebida, claro, sólo agravó lo que trataba de aliviar.
Cuando el doctor Davis dejó a Birch esa noche, tomó una linterna y fue al viejo mortuorio. La luna brillaba en los dispersos trozos de ladrillo y en la roída fachada, así como en el picaporte de la gran puerta, lista para abrirse con un toque desde el exterior. Fortificado por antiguas ordalías en salas de disección, el doctor entró y miró alrededor, conteniendo la náusea corporal y espiritual ante todo lo que tenía ante la vista y el olfato. Gritó una vez, y luego lanzó un boqueo que era más terrible que cualquier grito. Después huyó a la casa y rompió las reglas de su profesión alzando y sacudiendo a su paciente, lanzándole una serie de estremecedores susurros que punzaron en sus oídos como el siseo del vitriolo.
-¡Era el ataúd de Asaph, Birch, tal como pensaba! Conozco sus dientes, con esa falta de incisivos superiores... ¡Nunca, por dios, muestre esas heridas! El cuerpo estaba bastante corrompido, pero si alguna vez he visto un rostro vengativo... o lo que fue un rostro... ya sabe que era como un demonio vengativo... cómo arruinó al viejo Raymond treinta años después de su pleito de lindes, y cómo pateó al perrillo que quiso morderlo el agosto pasado... era el demonio encarnado, Birch, y creo que su afán de revancha puede vencer a la misma Madre Muerte. ¡Dios mío, qué rabia! ¡No quiero ni pensar en que se hubiera fijado en mí!
-¿Por qué lo hizo, Birch? Era un canalla, y no le reprocho que le diera un ataúd de segunda, ¡pero fue demasiado lejos! Bastante tenía con apretujarlo de alguna manera ahí, pero usted sabía cuán pequeño de cuerpo era el viejo Fenner. -Nunca podré borrar esa imagen de mis ojos mientras viva. Usted debió de patalear fuerte, porque el ataúd de Asaph estaba en el suelo. Su cabeza se había roto y todo estaba desparramado. Mira que he visto cosas, pero eso era demasiado. ¡Ojo por ojo! Cielos, Birch, usted se lo buscó. La calavera me revolvió el estómago, pero lo otro era peor... ¡Esos tobillos aserrados para hacerle caber en el ataúd desechado de Matt Fenner!

La Música de El Lado Oscuro

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